Refugiados bienvenidos

¿Por qué parece que los españoles creen que su vida es más valiosa que las de los demás?¿Por qué no aprendemos de nuestros propios errores y olvidamos una y otra vez nuestro pasado, sin ningún tipo de remordimiento?

Nos atrevemos, con gran arrogancia, a compararnos con personas que están viviendo grandes tragedias día a día en otras partes del mundo. Somos unos osados al creernos más valiosos que hombres y mujeres que luchan cada momento para poder volver a abrir los ojos una mañana más. Nos creemos con más derecho que nadie, simplemente por la “hazaña” de haber nacido en el lugar adecuado… ¡Que valentía la nuestra! ¿Verdad?

A ver si nos enteramos de una vez que ningún ser humano tiene más derecho a la vida que otro y aunque parezca algo evidente decirlo, cualquiera de nosotros haría lo que fuese por salvar su vida y la de los suyos, sin que eso conlleve ser rechazado o humillado en la tierra en la que, por fin, podrás conciliar el sueño sin miedo alguno.

Ciertamente nuestro egoísmo está llegando a límites inalcanzables. Esta sociedad, de consumo desorbitado, está eliminando por completo los conceptos de empatía o solidaridad. Ya está bien de auto engañarnos y de mentirnos alegando que no se encuentra en nuestras manos, que nada podemos hacer…

Somos cada uno de nosotros los que debemos hacer examen de conciencia de una vez, dejar de intentar convencernos de que por haber nacido dónde lo hemos hecho, tenemos todo el derecho a pisar a cualquiera que sea diferente a nosotros.

¿Por qué siempre tenemos la osadía de juzgar algo que ni siquiera conocemos?

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“Lucha por un sueño, y lucha hasta el último momento”

Hoy fue mi primer día de universidad, que no sería nada fuera de lo normal si no tuviera en cuenta que, hace más de ocho años que no miro un libro y que si tan solo un año atrás alguien me lo hubiese dicho, ni yo misma me lo habría creído.

Algunos dirían que es demasiado tarde, que ya no tengo edad para estudiar una carrera, que empezar ahora es perder el tiempo y ya no tiene sentido…porque en realidad, ¿para que iba a intentarlo?

Pues, ¿sabéis lo más triste de estas palabras? Que la primera en pensar todo eso, hasta hace unos meses, era yo misma. Sí, es vergonzoso ver hasta que punto me había rendido ante un sueño que recuerdo desde que tengo uso de razón. Los fracasos del pasado me frenaban hasta un punto inimaginable. Pero un día, hace no mucho, alguien me hizo una pregunta… ¿ De verdad quieres pasarte el resto de tu vida doblando camisetas?. Puede parecer insignificante, pero esa pequeña cuestión giró mi mundo 180º.

Mi vida era un completo desastre. Yo no quería verlo. Un trabajo que no me gustaba ni motivaba, dinero, que aunque tenía, no valoraba y una decepción conmigo misma que no conseguía olvidar. Hasta ese momento, el miedo que sentía era mayor que la valentía que se debe poseer para volver a luchar por algo, que cuando en el pasado lo intentaste, además de fallar a todos aquellos que habían confiado en ti, te habías decepcionado a ti misma. Cada vez que la idea de estudiar rondaba mi mente, el terror por no conseguirlo, hacía que lo borrara de nuevo de mi cabeza. Si alguien me lo recordaba, mi reacción era enfadarme y largarme sin mediar más de tres palabras. Ver a alguien terminando una carrera, comenzando un trabajo que le gustase o disfrutase realizándolo, me provocaba una inmensa rabia mezclada con tristeza que no era capaz de canalizar. Y a pesar de sentirme tan mal no hacía nada para cambiarlo.

Pero aquella pregunta…aquella simple pregunta, me llenó de coraje y lo cambió todo por completo sin yo esperarlo. Comencé a creer en mi, a confiar en el “tópico” de que todos tenemos que darnos una segunda oportunidad y si eso era así, ¿Por qué no iba a poder yo?

Hoy, un año después, he asistido a mis primeras horas de clase en muchísimo tiempo, algo que hace unos meses no me habría atrevido ni a soñar. Así que sí, ahora puedo decir que los sueños están para luchar por ellos. Nada es inalcanzable, ni mucho menos imposible. No hay que dejar de hacer algo por el miedo a fallar. Y en ningún caso, que tu miedo o tu orgullo, te impida intentarlo.

El mayor obstáculo para conseguir nuestros propios sueños, somos nosotros mismos.

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Una historia entre un millón

“Ella le dijo que le quería y él dijo que nunca la dejaría”

Eran dos desconocidos, dos personas que no se conocían de nada pero, sin pedirlo, algo les unió sin que ellos se diesen cuenta.

Los dos fueron el apoyo del otro cuando más lo necesitaban, sin pedir nada a cambio. Día a día creció un sentimiento que ninguno supo,en un principio, lo que podía llegar a ser. El cariño, el aprecio y la confianza fueron creciendo poco a poco. Solo un miedo irracional a que algo saliese mal les estaba separando.

Harta de esperar, cansada de esconder lo que ella ya sabía, reunió el valor para decir lo que ya era una realidad…Estaba enamorada y era su única verdad. La respuesta que recibió fue la que esperaba escuchar. Él dijo que ella era especial, que nada los iba a separar. Lo que había en medio de ellos nunca los conseguiría distanciar. Después de unos días inolvidables tomaron la decisión, de ser valientes y apostar, por alguien que esta vez si merecía la pena, arriesgar y luchar, por vivir unos instantes que no van a querer olvidar jamás.

Equivocarse es el mejor de los aciertos

Cuando somos niños nos atrevemos con todo, no tenemos miedo a casi nada, damos pasos adelante cual camicaces, sin pensar en las consecuencias, sin ni siquiera pararnos un segundo ante aquello que vamos a hacer…Y si lo piensas un instante, todo eso, es algo maravilloso, esa sonrisa que tenemos de pequeños es tan natural, tan sincera, que la contagiamos a todo aquel que se nos acerca.
¿Por qué a medida que vamos creciendo nos cuesta más y más sonreír?
Será porque pasan los años y aprender parece ser sinónimo de miedo. Fallamos tantas veces que, debido al daño que nos hace la caída, parece que olvidamos la verdadera naturaleza de la obligación que todos tenemos de equivocarnos una y otra vez durante toda nuestra vida. Yo estoy convencida de que equivocarse es el mejor de los aciertos.
Cada vez que tomamos un nuevo camino es una lección que nos enseña la vida, que lo pasemos bien o mal no es lo importante, lo que tenemos que valorar es la manera en la que nos levantamos después de cada experiencia. Porque después de levantarnos, todo lo que aprendemos queda guardado en nuestro corazón, será algo que jamás olvidaremos aunque queramos. Y esto demuestra que el temor a nuevas experiencias no tiene sentido alguno, porque gracias a todo lo aprendido jamás una historia será igual que la anterior.
Hay que perder el miedo a fallar, a vivir cosas nuevas sin recelo a lo que vendrá. Volvamos a caer porque es sinónimo de crecer, de que seremos alguien mejor de lo que fuimos ayer y a consecuencia de ello habrá una nueva oportunidad de volver a sonreír, una puerta que se abre para que regresemos a una época de felicidad por la que merece la pena vivir.
Perdamos, de una vez, el miedo a que nos puedan hacer daño, rompamos esas cadenas, ya es hora de regresar a esa época en la que hacíamos las cosas sencillas, sin pensar, pero con la experiencia que nos ha dado fallar tantas veces, ya que nos da una seguridad que no teníamos antes.
Realmente tenemos que volver a sentir esa ilusión que experimentábamos al ver un columpio o al dormirnos la noche de reyes, recuperar el vértigo que nos producía tirarnos desde un tobogán que nos parecía una montaña, los nervios propios de cuando jugábamos al escondite y hasta respirábamos flojito para que no nos descubrieran o esa risa tan contagiosa de cuando nos hacía cosquillas… Son cosas sencillas, que debemos recuperar a pesar de las complicaciones que tenemos hoy en día, ya que por muy simples que fuesen, son las sensaciones que nos provocan volver a reír, olvidándonos del resto del mundo y volviendo a ser unos niños.

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Vivir

MIEDO: emoción caracterizada por una intensa sensación, habitualmente desagradable, provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado.

Cuando somos niños tememos cosas naturales, mostramos miedo a las cosas más tontas u obvias. La oscuridad nos aterra, unos truenos pueden hacernos creer que el mundo se acaba, en ocasiones los animales o simplemente el hecho de no tener cerca a nuestros padres nos provoca una llorera imposible de controlar.
Pero a medida que vamos creciendo todos nuestros miedos van cambiando hasta tal punto que algunos llegamos a convertirnos en unos cobardes.
Cuando cumplimos años nuestro miedos comienzan a ser otros. Y los que más nos aterran son aquellos que tienen relación con nuestros sentimientos.
Desde la adolescencia se nos va mostrando lo que es el amor. Poco a poco conoces a una persona, una persona que parece especial, que te hace sentir una felicidad que nunca habías experimentado hasta el momento y en ese instante crees que será para siempre y que jamás desaparecerá esa sensación tan única que te hace sentir realmente viva. Pero el tiempo pasa y nada dura para siempre… Y llega el día en el que esa persona te dice que ya no siente lo mismo, que todo ha cambiado, que cree que lo mejor sería ir cada uno por su camino para no hacerse daño el uno al otro. Y es ahí cuando tu corazón se rompe, cuando todo tu mundo se derrumba y sientes un dolor que jamás habías conocido. Crees que ya nada tiene sentido, lloras hasta caer dormido y crees que nunca llegarás a encontrar a otra persona a la que puedas volver a querer de esa manera.

Pero con el tiempo todo se cura, más en esa edad y acabas volviendo a abrir el corazón a otras personas que se te van apareciendo y en las que una vez más depositas tu confianza, esperando que esta vez no vuelvan a hacerte daño. Y que cosas tan curiosas tiene la vida que una vez más te la vuelven a jugar. Lo que un momento te prometen, al día siguiente ya no existe y otra vez vuelta a empezar…

El problema de todo este laberinto es que llega una época en la que el corazón de la mayoría no tiene más ganas de volver a jugársela, un momento en el que por miedo a revivir lo que tiempo atrás te hizo infeliz no confías en ninguna otra persona que se te acerca, por mucho que te digan o incluso que te demuestren no consigues creerte ni una sola de las cosas que te están ofreciendo volver a vivir…

Y ahí es cuando yo digo que nos convertimos en unos cobardes. Porque es verdad que cerrándonos al amor nos evitamos un sufrimiento, que haciendo eso no volveremos a sentirnos solos.
Pero en mi opinión comportándonos así lo único que podemos conseguir es dejar de vivir, perdernos experiencias que podrían ser increíbles y que nunca cambiaríamos por nada del mundo.

Así que yo os digo que es de valientes volver a sentir, es de valientes arriesgarse a que puedan hacerte daño, porque así también te expones a aventuras alucinantes, a momentos maravillosos que jamás querrás olvidar. Instantes por los que harás esfuerzos día a día, para no olvidar ni uno solo de esos segundos que pasaste al lado de esa persona que se esforzará por sacarte una sonrisa aunque sea a costa de la suya propia, que te hará sentir que merece la pena levantarse cada mañana, que la palabra luchar se convertirá en vuestro día…
No merece la pena dejar el miedo de lado por volver a vivir momentos como esos?
Realmente no te merece la pena?

Llegó el momento de LUCHAR

Desde hace unos días parece que todo está cambiando en este país.Que algo dentro de nosotros se ha despertado,una ilusión que en mi caso al menos tenía olvidada.

Llevamos años angustiados, preocupados por lo que nos podía suceder a nosotros mismos o a nuestros más allegados.

Hemos tenido que soportar ver como destrozaban todo aquello por lo que muchos habían luchado con uñas y dientes. Presenciar con impotencia como muchos jóvenes, con una formación académica excepcional, han tenido que abandonar a sus seres queridos, a sus amigos y a todo lo que tenían, porque en su propio país ni se les respeta, ni se les valora.

Aguantar que día tras día, echen a las familias honradas y trabajadoras de sus casas, despojándoles de todo aquello que habían ganado con su esfuerzo porque los políticos, a los cuáles eligieron para que los defendieran, decidieron que esas vidas, tienen menos valor que el dinero que los bancos les pagan para vivir a costa de la dignidad de un pueblo, que un día les dio la confianza para representarles.

El límite de cualquiera que viva en este país para escuchar una mentira detrás de otra, ha sido sobrepasado hasta niveles inaguantables. Nos han engañado en cada una de las cosas, que en mi opinión, son más importantes. Han puesto un precio a la educación que muchos de los ciudadanos de a pie no se pueden permitir. Han estado jugando con algo tan sagrado, como es la salud de cada uno de nosotros. Lo único que han demostrado, es que han estado riéndose de cada una de las personas que un día, depositaron en ellos la confianza de dirigir muchas de las cosas más importantes para un pueblo…

Aunque en todo esto cometieron un error, un fallo con el que no contaban…El error de pensar que éramos tontos. La ilusión de creer que íbamos a tragar con cada una de las mentiras que nos quisieran colar a favor de sus propios intereses.

Pero por fin hemos despertado. Nos hemos cansado de poner la otra mejilla para recibir el próximo golpe. Ha llegado el momento en el que nos vamos a levantar para luchar por lo que es JUSTO. Llegó la época de no permitir que nos pisoteen ni una sola vez más!Pero sobre todo llegó el día en el que este país no va a ser solo de unos pocos, sino de todos los ciudadanos que luchamos para levantar un país que es solamente NUESTRO.

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” Mañana tal vez, tenga que sentarme frente a mis hijos y decirles que fuimos derrotado, que no supimos como hacer para ganar. Pero no podría mirarlos a los ojos y decirles que ellos viven así porque yo no me animé a LUCHAR.”

 

Dos generaciones, dos vidas…

Cuando los tiempos avanzan parece que todo se complica. Hace años todo era bastante más sencillo. En la época de nuestras abuelas, había unas normas que les hacían tener las cosas más claras, o al menos eso parecía.

Es cierto que no tenían libertad. Lo que querían de ellas, debían hacerlo y cuando sacaban un poco los pies del tiesto, todo el mundo les apuntaba con el dedo y su vida estaba boca de cualquiera. Todo lo que se esperaba que hiciesen se contaba con los dedos de una mano. Daba la impresión de que su vida estaba hecha desde antes de que nacieran, más que nada porque las opciones que les ofrecía la sociedad no es que fueran demasiadas.

Las elecciones que podían tomar por ellas mismas, las tomaban otros. De una mujer se esperaba que fuese a una escuela que le enseñase a ser una buena señorita, una perfecta esposa y ama de casa y una excelente madre para sus hijos, con lo que estar bien preparadas para “el día más importante del resto de sus vidas” en el que se casaban. A partir ahí todas sus preocupaciones pasaban a ser cuidar de su marido, sus hijos y su casa.

Ahora las cosas han cambiado. Es fascinante pensar en todo lo que hemos conseguido las mujeres en tan pocos años. Como nos hemos hecho respetar, en una sociedad que antes era solo de los hombres, aunque algunos aún les cueste aceptarlo. Ya no concebimos la idea de tener que pedir permiso para cada paso que damos, ni se nos ocurre pensar que nuestra única opción es casarnos y tener una familia. Y si, hoy en día vivimos en una época en la que las mujeres tenemos todas las opciones abiertas, podemos dedicarnos a lo que queramos, hacer lo que nos apetezca y decidir por nosotras mismas lo que queremos para nuestra propia vida.

Pero en algunos momentos miro a mi abuela, pienso en la vida que ella ha llevado y soy incapaz de no sentir un poco de envidia. Ella siempre tuvo claro lo que deseaba para su futuro, lo que quería hacer y con quién anhelaba pasar el resto de su vida. No tenía dudas por sus decisiones, fue feliz con todo aquello que había conseguido y con la vida que eligió desde un principio.

Yo, en cambio, teniendo toda la libertad del mundo y tantas opciones que poder escoger, me da la impresión de que estoy completamente perdida. El disponer de tantos caminos ante mi, solo me provoca una indecisión tras otra y una envidia, por mi abuela, que aunque no tenga sentido alguno, no puedo evitar sentirla.